lunes, 8 de septiembre de 2014

Algo de Thoreau

[subtítulos y selección de Malheli]
Elogio del ocio creativo


Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi todas las noches me despierta el resoplido de la locomotora. Interrumpe mis sueños. No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos [...] Yo creo que no hay nada, ni siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar. [p. 51] ... Las formas con que la mayoría se gana la vida, es decir, viven, son simples tapaderas y un evitar el auténtico quehacer de la vida, y sucede así porque, en primer lugar, no saben; pero en parte también porque no quieren hacer nada por aprender algo mejor. [p. 59]

La vida interior

Así de vacía e ineficaz es nuestra conversación cotidiana. Lo superficial lleva a lo superficial. Cuando nuestra vida deja de ser íntima y privada, la conversación degenera en simple cotilleo. Es difícil conocer a un hombre que te cuente una noticia que no haya aparecido en un periódico o que no se la haya contado su vecino y, la mayoría de las veces, la única diferencia entre nosotros y nuestro amigo es que él la ha leído el periódico o salido a tomar el té, y nosotros no. En la misma medida que nuestra vida interior fracasa, vamos con más constancia y desesperación a la oficina de correos. Puedes estar seguro de que el pobre tipo que se aleja con el mayor número de cartas, orgulloso de su abultada correspondencia, no ha sabido nada de sí mismo desde hace tiempo.

Yo creo que leer un periódico a ala semana es ya demasiado. Lo he intentado recientemente y me parecía que todo este tiempo no había vivido en mi región natal. El sol, las nubes, la nieve, los árboles no me dicen tanto. No puedes servir a dos amos. Requiere más de un día de atención conocer y poseer el valor de un día. 

Podemos, con razón, avergonzarnos de decir las cosas que hemos leído u oído. [p. 69-70]

La castidad de la mente

Me resulta tan difícil deshacerme de los pocos datos importantes; sólo una mente divina me lo podría aclarar. Así son, en general, las noticias de los periódicos y las conversaciones. Es importante conservar la castidad de la mente a este respecto. [p. 72] ... Si nos hemos profanado a nosotros mismos - ¿y quién no?- el remedio será la cautela y la devoción para volver a consagrarnos y convertir de nuevo nuestras mentes en santuarios. Deberíamos tratar nuestras mentes, es decir, a nosotros mismos, como a niños inocentes e ingenuos y ser nuestros propios guardianes, y tener cuidado de prestar atención sólo los objetos y los temas que merezcan la pena. No leáis el Times, leed las Eternidades. Los convencionalismos son a la larga tan malos como la mezquindad. [p. 74]

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Henry D. Thoreau, “Una vida sin principios”, en: Desobediencia civil y otros escritos, Alianza Editorial, Madrid, 2012

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