domingo, 13 de agosto de 2017

Co dobre

















Czeslaw Milosz

¿Qué es bueno? Los ajos. Una pierna de cordero a la brasa.
El vino con vista a los botes balanceándose en la bahía.
El cielo de agosto, estrellado. Descansar en la cima de la montaña.

¿Qué es bueno? El agua en la piscina y el sauna luego de varias millas de viaje.
Amarse y luego dormir, abrazados, las piernas enlazadas.
La niebla clara al amanecer, anunciando un día soleado.

En todo lo que a nosotros, los vivos, común - estoy sumergido.
Experimentando esta tierra por otros en mi propio cuerpo.
Caminando bajo el inseguro contorno de ¿rascacielos? ¿anti-templos?
Caminando por valles de hermosos, envenenados ríos.

domingo, 30 de julio de 2017

Esas verdades



SE NOS ROMPIÓ EL AMOR
Paquito Guzmán

Se nos rompió el amor
de tantos usarlo,
de tanto de lo que pasó
sin medidas,
de darnos por completo a cada paso,
se nos quedó en las manos un buen día.

Se nos rompió el amor
de tan grandioso,
jamás resistí
tanta belleza,
las cosas tan hermosas duran poco,
jamás duro una flor dos primaveras.

Me alimenté de ti por mucho tiempo,
nos devoramos vivos como fieras,
jamás pensamos nunca en el invierno,
pero el invierno llega aunque no quieras.

Una mañana gris,
al abrazarnos, sentimos un rugido,
frío y seco,
cerramos nuestros ojos
y pensamos, se nos rompió el amor
de tanto usarlo.

Se nos rompió el amor
de tantos años,
de tanto de lo que pasó
sin medidas,
de darnos por completo a cada paso
se nos quedó en las manos un buen día.

Se nos rompió el amor de tanto usarlo,
se nos rompió el amor.

Fue tanto lo que abusamos
de nuestro amor sin medidas,
se nos rompió en las manos
y el viento se lo llevó.

Me alimenté de tu amor,
noche a noche, día a día,
y como todo lo bueno,
se nos acabó un buen día.

Tanto y tanto los usamos
que nos devoramos vivos,
y de amor nada quedó
y nos sorprendió el estí.

Ay, todo fue tan derrepente,
todo tan inesperado,
el amor que tanto un día
nos unió, se rompió y quedó olvidado.

Se nos rompió el amor de tanto usarlo,
se nos rompió el amor.

Nuestro amor ya se acabó,
se rompió y no queda nada,
pues como todo lo bueno
tarde o temprano se acaba.

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https://www.musica.com/letras.asp?letra=1492856

domingo, 23 de julio de 2017

Archeopteryx























III. Tabula
(yo a la edad de diecisiete años)
Jacek Dehnel

No hay láminas de anatomía para aquel atlas:
construcciones delicadas de esqueletos prehistóricos,
talladas a conciencia, con puntos y letras -
por eso no sé cómo acomodar tantos huesos extraños:
distinta la forma de los pómulos, las noches sobre el montón
de dibujos y libros, cuyas últimas páginas
no conocía aún, aunque sí las primeras.
Solíamos ir también al parque de la abadía de Oliwa,
de forma distinta a la infancia, distinta a la de ahora.
No sé y no recuerdo, me soy extraño a mí mismo
yo a la edad de diecisiete, como el archeopteryx,
del que no se sabe si verdaderamente existió,
aunque por las aves creemos que hubiera debido.

Varsovia, 9 II 2003


De la serie de poemas Cuatro autorretratos, uno de ellos doble

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Jacek Denhel, Contabilidad de pérdidas y ganancias. Poemas reunidos 1999-2010, Biuro Literackie, Wroclaw, 2011. Traducción para Amaré al aire: Alhelí Málaga Sabogal

jueves, 20 de julio de 2017

Huyendo de la guerra


-Que sean dos semanas en setiembre – dice Marek. - En la segunda mitad. All-inclusive, un hotel de cuatro estrellas. Y que no haya guerra.
-Ni disturbios, ni ninguna revolución - agrega Natka.
-Por supuesto.- La señorita de la agencia de viajes viste una falda recta de color plomo, una blusa celeste pálido, y un pañuelo que trae a la mente la imagen de una aeromoza. Ingresa los datos a la computadora. – ¿Les interesa algún destino en particular?
-No, no, basta con que sea un lugar con clima cálido, y tranquilo.
-Respecto a la tranquilidad, les pido mirar este mapa, esta es la predicción para setiembre. Los puntos amarillos son conflictos potenciales, los puntos rojos son conflictos en curso, y los puntos verdes son aquellos que deberían terminar antes de setiembre. – La señorita de la agencia les expone el informe de la aplicación Warcast. - Sabemos como se ve. Vivimos en tiempo interesantes, verdad.

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Wisniewski, Michal. (2015). God hates Poland. Varsovia, Polonia: Wydawnictwo Krytyki Politycznej


sábado, 15 de julio de 2017

Lenguajes XXIII


















V. Literatura
Jacek Dehnel


En el desayuno la norteamericana le dice al eslovaco:
conozco a una eslovaca, Zuzana. Es pintora, salieron fuera
cuando ella era una niña. Primero a Alemania, luego a Estados Unidos.
El padre se divorció de la madre
y volvió a Eslovaquia. Es pintora y tiene el cabello rizado.

El eslovaco contesta: ah, sí, Zuzana, es un típico nombre eslovaco.

Y yo pienso en este hombre, que dejó a su mujer, dejó a su hija,
su hermoso cabello rizado,
American Dream, Deutscher Traum,
y vive en otra vida,
sin saber siquiera que en este momento
es un extra en la conversación de personas extrañas, en un desayuno, la nota al pie de una anécdota.

Pienso en su mano, la cuchara en la mano, la cuchara sonando contra el plato.



Varsovia, 14 V 2010 – Ptuj, 28 III 2010 – Liubliana, 29 VIII 2010


De la serie de poemas Lenguas extranjeras (apuntes al margen del programa del Festival Internacional de Poesía)

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Jacek Denhel, Contabilidad de pérdidas y ganancias. Poemas reunidos 1999-2010, Biuro Literackie, Wroclaw, 2011. Traducción para Amaré al aire: Alhelí Málaga Sabogal

lunes, 5 de junio de 2017

Los mitos del hoy

La vocación como privilegio
Zygmunt Bauman

No hay nada demasiado nuevo en la clasificación de los trabajos en función de la satisfacción que brinden. Siempre se codiciaron ciertas tareas por ser más gratificantes y constituir un medio para sentirse "realizado”; otras actividades fueron soportadas como una carga. Algunos trabajos eran considerados "trascendentes” y se prestaban más fácilmente que otros para ser tenidos en cuenta como vocaciones, fuentes de orgullo y autoestima. Sin embargo, desde la perspectiva ética era imposible afirmar que un trabajo careciera de valor o fuera degradante; toda tarea honesta conformaba la dignidad humana y todas servían por igual la causa de la rectitud moral y- la redención espiritual. Desde el punto de vista de la ética del trabajo, cualquier actividad (trabajo en sí) "humanizaba", sin importar cuánto placer inmediato deparara (o no) a quienes la realizaran. En términos éticos, la sensación del deber cumplido era la satisfacción más directa, decisiva y — en última instancia — suficiente que ofrecía el trabajo; en este sentido, todos los trabajos eran iguales. Hasta el íntimo sentimiento de realización personal experimentado por quienes vivían su oficio como auténtico llamado era equiparado a la conciencia de "la tarea bien cumplida" que, en principio, estaba a disposición de todos los trabajadores, incluso los que desempeñaban las tareas más bajas y menos interesantes. El mensaje de la ética del trabajo era la igualdad: minimizaba las obvias diferencias entre las distintas ocupaciones, la satisfacción potencial que podían ofrecer y su capacidad de otorgar estatus o prestigio, además de los beneficios materiales que brindaban.

No pasa lo mismo con el examen estético y la actual evaluación del trabajo. Estos subrayan las diferencias y elevan ciertas profesiones a la categoría de actividades fascinantes y refinadas capaces de brindar experiencias estéticas — y hasta artísticas — , al tiempo que niegan todo valor a otras ocupaciones remuneradas que sólo aseguran la subsistencia. Se exige que las profesiones "elevadas" tengan las mismas cualidades necesarias para apreciar el arte: buen gusto, refinamiento, criterio, dedicación desinteresada y una vasta educación. Otros trabajos son considerados tan viles y despreciables, que no se los concibe como actividades dignas de ser elegidas voluntariamente. Es posible realizar esos trabajos sólo por necesidad y sólo cuando el acceso a otro medio de subsistencia queda cerrado.

Los trabajos de la primera categoría son considerados "interesantes"; los de la segunda, "aburridos". Estos dos juicios lapidarios, además, encierran complejos criterios estéticos que los sustentan. Su franqueza ("No hace falta justificación", "No se permite apelar") demuestra abiertamente el crecimiento de la estética sobre la ética, que antes dominaba el campo del trabajo. Como todo cuanto aspire a convertirse en blanco del deseo y objeto de la libre elección del consumidor, el trabajo ha de ser "interesante": variado, excitante, con espacio para la aventura y una cierta dosis de riesgo, aunque no excesiva. El trabajo debe ofrecer también suficientes ocasiones de experimentar sensaciones novedosas, Las tareas monótonas, repetitivas, rutinarias, carentes de aventura, que no dejan margen a la iniciativa ni presentan desafíos a la mente u oportunidades de ponerse a prueba, son "aburridos", Ningún consumidor experimentado aceptaría realizarlos por voluntad propia, salvo que se encontrara en una situación sin elección (es decir, salvo que haya perdido o se le esté negando su identidad como consumidor, como persona que elige en libertad). Estos últimos trabajos carecen de valor estético; por lo tanto, tienen pocas posibilidades de transformarse en vocaciones en esta sociedad de coleccionistas de experiencias.

Pero lo importante es que, en un mundo dominado por criterios estéticos, los trabajos en cuestión ni siquiera conservan el supuesto valor ético que se les asignaba antes. Sólo serán elegidos voluntariamente por gente todavía no incorporada a la comunidad de consumidores, por quienes aún no han abrazado el consumismo y, en consecuencia, se conforman con vender su mano de obra a cambio de una mínima subsistencia (ejemplo: la primera generación de inmigrantes y "trabajadores golondrina" provenientes de países o regiones más pobres o los residentes de países pobres, con trabajo en las fábricas establecidas por el capital inmigrante, que viajan en busca de mayores posibilidades de trabajo). Otros trabajadores deben ser forzados a aceptar tareas que no ofrecen satisfacción estética. La coerción brusca, que antes se ocultaba bajo el disfraz moral de la ética del trabajo, hoy se muestra a cara limpia, sin ocultarse.

La seducción y el estímulo de los deseos, infalibles herramientas de integración/motivación en una sociedad de consumidores voluntarios, carecen en esto de poder. Para que la gente ya convertida al consumismo tome puestos de trabajo rechazados por la estética, se le debe presentar una situación sin elección, obligándola a aceptarlos para defender su supervivencia básica. Pero ahora, sin la gracia salvadora de la nobleza moral.

Como la libertad de elección y la movilidad, el valor estético del trabajo se ha transformado en poderoso factor de estratificación para nuestra sociedad de consumo. La estratagema ya no consiste en limitar el período de trabajo al mínimo posible dejando tiempo libre para el ocio; por el contrario, ahora se borra totalmente la línea que divide la vocación de la ausencia de vocación, el trabajo del hobby, las tareas productivas de la actividad de recreación, para elevar el trabajo minino a la categoría de entretenimiento supremo y más satisfactorio que cualquier otra actividad. Un trabajo entretenido el privilegio más envidiado. Y los afortunados que lo tienen se lanzan de cabeza a las oportunidades de sensaciones fuertes y experiencias emocionantes ofrecidas por esos trabajos. Hoy abundan los "adictos al trabajo" que se esfuerzan sin horario fijo, obsesionados por los desafíos de su tarea durante las 24 horas del día y los siete días de la semana. Y no son esclavos: se cuentan entre la élite de los afortunados y exitosos.

El trabajo rico en experiencias gratificantes, el trabajo como realización personal, el trabajo como sentido de la vida, el trabajo como centro y eje de todo lo que importa, como fuente de orgullo, autoestima, honor, respeto y notoriedad. . . En síntesis; el trabajo como vocación se ha convertido en privilegio de unos pocos, en marca distintiva de la élite, en un modo de vida que la mayoría observa, admira y contempla a la distancia, pero experimenta en forma vicaria a través de la literatura barata y la realidad virtual de las telenovelas. A la mayoría se le niega la oportunidad de vivir su trabajo como una vocación.

El "mercado flexible de trabajo" no ofrece ni permite un verdadero compromiso con ninguna de las ocupaciones actuales.

El trabajador que se encariña con la tarea que realiza, que se enamora del trabajo que se le impone e identifica su lugar en el mundo con la actividad que desempeña o la habilidad que se le exige, se transforma en un rehén en manos del destino. No es probable ni deseable que ello suceda, dada la corta vida de cualquier empleo y el "Hasta nuevo aviso" implícito en todo contrato. Para la mayoría de la gente, salvo para unos pocos elegidos, en nuestro flexible mercado laboral, encarar el trabajo como una vocación implica riesgos enormes y puede terminar en graves desastres emocionales.

En estas circunstancias, las exhortaciones a la diligencia y la dedicación suenan a falsas y huecas, y la gente razonable haría muy bien en percibirlas como tales y no caer en la trampa de la aparente vocación, entrando en el juego de sus jefes y patrones. En verdad, tampoco esos jefes esperan que sus empleados crean en la sinceridad de aquel discurso: sólo desean que ambas partes finjan que el juego es real y se comporten en consecuencia. Desde el punto de vista de los empleadores, inducir a su personal a tomar en serio la farsa significa archivar los problemas que inevitablemente explotarán cuando un próximo ejercicio imponga otra "reducción" o una nueva ola "racionalízadora". El éxito demasiado rápido de los sermones moralizantes, por otro lado, resultaría contraproducente a largo plazo, pues apartaría a la gente de su verdadera vocación: el deseo de consumir.

Todo este complejo entretejido entre "lo que se debe" y "lo que no se debe hacer", entre los sueños y sus costos, la tentación de rendirse y las advertencias para no caer en tales trampas, se presenta como un espectáculo bien armado frente a un público ávido de vocación. Vemos cómo grandes deportistas y estrellas cíe otros ámbitos llegan a la cima de su carrera; pero alcanzan el éxito y la fama a costa de vaciar su vida de todo lo que se interponga en su camino hacia el éxito. Se niegan los placeres que la gente común más valora. Sus logros muestran todos los síntomas de ser reales. Difícilmente haya un ambiente menos polémico y más convincente para poner a prueba la "calidad real'' de la vida que una pista de atletismo o una cancha de tenis. ¿Quién se atrevería a poner en duda la excelencia de un cantante popular, reflejada en el delirio tumultuoso de la muchedumbre que llena los estadios? En este espectáculo que se ofrece a todos no parece haber lugar para la farsa, el engaño o las intrigas detrás de bambalinas. Todo se presenta a nuestra vista como si fuera real, y cualquiera puede juzgar lo que ve. El espectáculo de la vocación se realiza abiertamente, desde el comienzo hasta el fin ante multitudes de fanáticos.

(Esto, al menos, es lo que parece. Por cierto que la verdad del espectáculo es el cuidadoso resultado de innumerables guiones y ensayos generales.)

Los santos de este culto al estrellato deben ser, al igual que todos los santos, admirados y erigidos como ejemplos, pero no imitados. Encarnan, al mismo tiempo, el ideal de la vida y su imposibilidad. Las estrellas de estadio y escenario son desmesuradamente ricas, y su devoción y su sacrificio, por cierto, dan los frutos que se esperan del trabajo vivido como vocación: la lista de premios que-reciben los campeones de tenis, golf o ajedrez, o las transferencias de los futbolistas, son parte esencial del culto, como lo fueron los milagros o los relatos de martirios en el culto de los santos de la fe.

"No obstante, la parte de la vida a que renuncian las estrellas es tan estremecedora como impresionantes son sus ganancias. Uno de los precios más altos es el carácter transitorio de su gloria: suben hasta el cielo desde la nada; a la nada vuelven y allí se desvanecerán. Precisamente por esto, las estrellas del deporte son los mejores actores en este juego moral de la vocación: está en la naturaleza misma de sus logros el hecho de que su vida útil sea corta, tan breve como la juventud misma. En la versión de los deportistas, el trabajo como vocación es autodestructivo, y su vida está condenada a un final abrupto y veloz. La vocación puede ser muchas cosas, pero lo que definitivamente no es (al menos en estos casos), es un proyecto de vida o una estrategia para siempre. En la versión deportiva la vocación es, como cualquier otra experiencia posmoderna de los nuevos coleccionistas de sensaciones, un episodio.

Los "santos puritanos" de Weber, que vivían su vida de trabajo como esfuerzos profundamente éticos, como la realización de mandatos divinos, no podían ver el trabajo de otros — cualquier trabajo — sino como una cuestión esencialmente moral. La élite de nuestros días, con igual naturalidad, considera que toda forma de trabajo es ante todo una cuestión de satisfacción estética.

Frente a la vida que llevan quienes se encuentran en la escala más baja de la jerarquía social, esta concepción — como cualquier otra que la haya precedido — es una burda farsa. Sin embargo, permite creer que la "flexibilidad" voluntaria de las condiciones de trabajo elegidas por los que están arriba — que, una vez elegidas, son tan valoradas y protegidas — resultan una bendición para los otros, incluso para quienes la "flexibilidad" no sólo no significa libertad de acción, autonomía y derecho a la realización personal, sino entraña también falta de seguridad, desarraigo forzoso y un futuro incierto. 

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Fuente: BAUMAN, Z. Trabajo, consumismo y nuevos pobres. "Cap. 2: De la ética del trabajo a la estética del consumo"
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https://archive.org/stream/BaumanZygmuntTrabajoConsumismoYNuevosPobres/Bauman-Zygmunt-Trabajo-Consumismo-Y-Nuevos-Pobres_djvu.txt

domingo, 28 de mayo de 2017

Certezas


Salí a pasear por la calle Franciszkanska y nos pusimos a mirar a mirar los escaparates de las librerías especializadas en libros sagrados. Casi todas se encontraban desiertas. La Torá había dejado de estar de moda. ¿Quién necesitaba tantos comentarios, interpretaciones, exégesis, libros de sermones y de moral? ¿Quién necesitaba explicaciones sobre las interrogantes que le plantearon a Rashi los tosafistas? Además, ya los habían contestado otros autores. Mi padre era plenamente consciente de que sus hijos, Israel Yehoshúa y yo, habían acabado involucrándose en la literatura laica. Mi hermano había publicado varios libros y mi nombre también había aparecido en ocasiones en alguna revista literaria o incluso en el periódico. No obstante, mi padre no hablaba del tema, y creo que ni siquiera se permitía pensar en ello. Según él, todos los libros del pensamiento ilustrado, tanto los escritos en hebrero como en yiddish, constituían un veneno para el alma. Los autores eran una banda de payasos libertinos y sinvergüenzas. ¡Qué oprobio y qué vejación sentía por haber engendrado semejante descendencia! Mi padre culpaba de ello a mi madre, la hija de un misnaguid, un oponente del jasidismo. Ella era quien había plantado en nosotros la semilla de la duda y la apostasía. Solo un consuelo le quedaba a mi padre: que no habíamos crecido ignorantes. Habíamos estudiado la Torá, y cualquiera que haya probado alguna vez el sabor de la Torá, jamás olvidará que Dios existe.

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SINGER, I. B. (2003) Amor y exilio. Madrid, España: Suma de Letras. P. 250. Traducción de Rhoda Henelde Abecassis y Jacob Abecassis


domingo, 21 de mayo de 2017

Lenguajes XXII

Romance de la luna
Federico García Lorca

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.

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http://www.poemas-del-alma.com/romance-de-la-luna.htm

domingo, 14 de mayo de 2017

Día de la Madre

La historia de la madre de Jolanta, mujer destripada

Ay, cómo me gustaba manejar. Primero tenía un pequeño Fiat 126. Anaranjado. Yo misma le hice las cubiertas, porque las de fábrica parecían una cortinilla de tren. Estaba tan contenta con ese carro que todas las mañanas le echaba colonia. Y no cualquier colonia, sino una del pewex. Manejaba como una reina, me pasaba de velocidad, me enfurecían otros conductores. Una desquiciada completa al volante. No sé por qué me gustaba tanto, pero cuando bajaba la ventana y ponía mi pelo al viento sentía que era el único momento digno de ser vivido.

A veces, al desayunar, decía, como quien no quiere la cosa: “¡Oigan, vamos a la playa!”. Y mi esposo que para qué y que con qué. Y yo que para nada y que con plata. Le compraba al vecino gasolina en bidones. Si alguien hubiera echado fuego, todo el edificio habría explotado. Casi todos en la Fábrica de Automóviles robaban, se pasaban de la medida en cuanto se podía. Y guardaban las reservas en el sótano. Y yo, yo tenía una imaginación rebelde, yo tenía estilo. Tomaba todo y listo, nos íbamos a Gdansk. Los niños eran pequeñitos, se sentaban sin protestar en los asientos traseros. Mi esposo iba adelante, ofendido, molesto. “Para qué viajar, – se quejaba – ¿qué haremos después, cuando falte gasolina?” No era una persona dispuesta a un disfrute espontáneo. Entonces yo le preguntaba que para qué guardar algo que no se utiliza. ¿Acaso se va a llevar esos bidones a la tumba? ¿Debía ponérselos en el ataúd?

Fumaba casi dos cajetillas de cigarrillos solo en la ida. Fumaba y corría. Los niños jugaban a contar vacas o carros rojos en el camino. Escuchábamos radio, donde reportaban el nivel de agua: subió dos, bajó cuatro, en la estación de Miedonia sin cambios. Mi esposo comentaba irónico que tal vez lleguemos a Miedionia, en la frontera sur, pero yo quería llegar a la Triciudad en el norte. Al mar.

Llegábamos de noche, primero deprisa a mojar los pies en el mar, luego a comer wafles. Y luego a un hostal barato, y ya después de pagar el hotel apenas nos alcanzaba para el camino de regreso. Y de nuevo al carro, nuevamente un galope más veloz que mi pensamiento. Hicimos este viaje un par de veces.

Cuando viajaba por esta pobre Polonia muchas veces me decía: no puede ser, yo no encajo aquí, hago las cosas a lo grande, tengo ambiciones en la vida. Quiero ir a otros países, donde se entra con el carro a la cocina, donde no falta gasolina, donde se puede viajar tan rápido que las llantas se separan del asfalto. Donde el Fiat se eleva sobre las copas de los árboles.

Una vez volvíamos de una excursión al bosque de Bielany. Es cerca, basta con cruzar el puente. El sol fue muy intenso durante todo el día, me hizo doler la cabeza. Empacamos frazadas, fiambre, y nos pasamos todo el día echados sin preocupación. En la noche había que regresar a casa.

Yo entraba de la auxiliar a la principal. Tal vez me distraje, estaría pensando en otra cosa o viendo algo, o tal vez estaba confundida por el sol y los gritos de los niños. Tomé la curva con demasiada velocidad y golpeamos la barandilla, el carro se dobló como un abanico. Los niños en la parte de atrás casi no fueron afectados, mi esposo chocó su cabeza contra el vidrio delantero. Y yo salí volando del carro y me quedé colgada de esa baranda. Con las piernas abiertas. El médico de la ambulancia no podía detener el sangrado.

En cuanto recuperé la conciencia me llevaron a la sala de operaciones. Y me dicen que van a extirpar algunos órganos porque están destrozados y que además ya no los necesito. Ya cumplieron su función. Me sacaron los ovarios, el útero, y parte del cuello uterino. Me metieron diferentes objetos de relleno. Bobinas, tubos, incluso láminas para huesos. Hay unas muñecas que venden en los quioscos que puedes desmontar y luego armar de nuevo, colocar el brazo en vez de la pierna, poner la cabeza al revés. Me sentía así.

Como si estuviera en el taller de Frankenstein. Tenemos en la casa ese libro en alguna parte. Cuando lo leí luego, encontré esta frase: “La vida es terca y se aferra al cuerpo precisamente cuando más la odias”. ¡Pero yo no pensaba eso! Estaba agradecida por tener un cuerpo y de que este esté vivo. Tengo una vida – así pensaba – la sostengo muy fuerte entre las manos. Estuve dos meses en el hospital. Todos los días miraba al árbol detrás de la ventana y todos los días agradecía. Por mi vida. Porque no le pasó nada a mi familia. Ahora todo será mejor, me repetía. Una rehabilitación dolorosa y luego de ella el retorno al día a día.

Pero cuando volví a casa y por fin pude ponerme a trabajar, llegaron los dolores fantasma. Dolían los cordones umbilicales arrancadas y todos los niños que ya no daré a luz. Me sentía vacía. Al hablar, tenía la sensación de que dentro mío había un eco. Cada palabra rebotaba del fondo del vientre y volvía a mi garganta. Eructaba palabras. No podía remediarlo. Estaba incompleta, dañada. Artificialmente completada.

Creo que por eso me dejó mi esposo. No quería hacer el amor – estaba la vulva y detrás de ella un hueco inmenso en el que podía perderse. Nada de vagina dentata como dicen en la revista “Mujer y vida”. Más bien vagina vaciata. Cero. Nada. Una nada aterradora.

Amo mucho a mis hijos. Solo ellos recuerdan el lugar del que provienen y que ya no existe en
mí.

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Fragmento de la novela "Jolanta" de Sylwia Chutnik.
La acción transcurre en la Polonia comunista, en los ochenta.
Traducción de Alhelí Málaga Sabogal.

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CHUTNIK, S. (2015) Jolanta. Cracovia, Polonia: Znak. Pp. 45-48

domingo, 7 de mayo de 2017

Comprometidos




-Aprovechando que el señor Enrique no está – dijo – quisiera reiterar a todos los presentes que no son solo los cuentos lo que no debemos comentar. Tampoco debemos comentar nada de lo sucedido en terapia. Es uno de sus principios básicos. Incluso si una sesión fue tan intensa como la de ayer. En casos como este nuestro silencio es aún más necesario.
-¿Por qué? - preguntó Eusebio Kaim, sin alzar la mirada del plato.
-Porque entonces encubrimos con nuestras palabras e intentos de interpretación aquello que hemos descubierto. Al contrario, debemos dejar que la verdad empiece a actuar. Que encuentre su camino a nuestras almas. Sería deshonesto, respecto a todos nosotros, matar esa verdad por medio de discusiones académicas. Créanme que así es mejor.

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Me pregunto cómo sería, pensó Szacki, si ahora estacionase en el patio y entrase a ese departamento en el tercer piso, y allí me esperase aquella chica. Si tuviese una vida completamente distinta, otros discos de música, otros libros en los estantes, si sintiese el olor de otro cuerpo a mi lado. Podríamos ir a pasear por el parque Lazienki, le contaría por qué tuve que ir hoy a trabajar, por ejemplo en un estudio de arquitectos, y ella diría que soy muy valiente y me compraría un helado junto al teatro La Isla. Todo sería distinto.
Qué vileza, pensaba Szacki, que solo tengamos una vida, y que esta nos fatigue tan pronto.

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MIŁOSZEWSKI, Z. (2007). Uwikłanie. Varsovia, Polonia: Grupa Wydawnicza Foksal, p. 11 y p. 25-26